Fama
Nuevo tema y tratamiento desde mi rincón. Bar La Peseta, bar de barrio, esquinazo bien configurado, el bar existe hace muchos años, empezó siendo la típica taberna de chateo y venta de vinos a granel y sifones y gaseosas, aunque durante mucho tiempo lo mantuvo una misma familia, padre, luego hijo e hijas, cambio en alguna ocasión de nombre según iba asciendo de categoría, paso a ser cervecería, ya actualizado algo a los tiempos con el nombre de Bar Ros-Mary. Hace un par de años, un zaragozano de gesto antipático, cabeza rapada, creo que por alguna enfermedad capilar, y de trato cordial una vez se le conoce, lo arrendó a sus antiguos dueños y le puso ese nombre de añoranza monetaria de nuestro país. El local está algo descuidado la economía del titular no es muy boyante, ha cambiado demasiadas veces de cocinero/a y de personal de barra, éstos últimos, siempre extranjeros, imagino que contratos precarios, pero esto es algo común en la hostelería madrileña. Bueno pues unas mesas y sillas de material acrílico pero simulando y bastante bien conseguido a los mármoles que al uso de las mesas de los cafés antiguos. Amplios locales que servían como residencia y hogar de refugio a multitud de bohemios artistas en ciernes, mostraban allí sus penurias económicas, bocetaban escritos para tratar de que salieran a la luz, algunos para alcanzar la fama, otros para mantener sus frugalidades mientras lograban la aparición de algún mecenas que los introdujera en el mundillo de las letras o artes, dependiendo de sus prácticas. Aquí en España eran mayoría los aspirantes literarios. A duras penas tenían las monedas suficientes para costearse un humeante café, el consumo de esa taza, parecía eterno, nunca se acababa del todo y acompañado por la jarra de agua, daba para estar buen tiempo a techo cubierto. Ropajes raídos, sonrientes zapatos, pues sus aberturas se mostraban como con gesto de sonrisa, intercambiaban ocurrencias, recelos, temores, envidias. Al camarero le transmitían sus dificultades para afrontar el pago y este le comunicaba al dueño o dueña que se asentaba como rey de la caja y otorgaba el fiado dependiendo del nivel de simpatía en que tuviera al deudor pero más a la espera de alguna publicación fortuita, porque cuando eso se producía, había largueza en el entrampado. Ese día de fortuna estos vates aficionados, saldaban la deuda, invitaban a troche y moche a los contertulios, incluso con los que mantenían duelos personales, para joderles y estos agachaban su orgullo con tal de cazar algo al vuelo. Si había sobrante después de estos dispendios, se permitían extravagancias y lujos fuera de tono, cual cigarra canora pero, claro, al día siguiente vuelta a las andadas. Por fin me dirijo al origen que di al título del artículo. No quería yo hablar de fama como notoriedad o prestigio. La auténtica fama y reconocimiento solo debería existir para los personajes que han aportado algo beneficioso a la sociedad, a aquellos de consecuciones positivas prestigiosas.
Desgraciadamente la fama, vista desde la mediatización, está marcada por los niveles de audiencias, la consiguen los exhibicionistas, inhibidos de brindar sus vulgaridades corpóreas o sentimentales. Del rosa al amarillo, filme de Manolo Summers del año 1963, aunque el contenido de aquel era de distinto curso que lo rosáceo y amarilleo actual. Estos colores en su actualización llevada a la tele o revistas se ha degradado, han perdido su cromatismo, solo ciertas flores, se muestran con esos colores con pureza. Bueno, de una vez por todas, la fama a la que me refiero es a la del clásico refrán cría fama y échate a dormir, en sus espectros, positivo y negativo. Yo quiero con ello expresar que en la vida cotidiana de una persona sencilla en su entorno, ni se debiera ensalzar a nadie por un simple acto, ni crucificar por lo mismo. La constancia debe labrar el camino, no el azar o lo fortuito. Si persisten los aciertos, cimientas esa fama precisa pero no para echarte a dormir sino para obtener frutos de lo bien realizado, sin espíritu de peloteo, sino satisfacción del deber cumplido. Por el contrario la parte negativa, si se adquiere, va formando un dique que dificulta la obtención de logros,
Mi ideal, mi objetivo, radica en que me consideren con mis defectos y cualidades y admito sugerencias. Otra cosa es que éstas me sirvan, realmente, y haga caso de ellas.
Terco si soy, pero si es preciso mi brazo se tuerce, ahora tendré, para ello, que estar muy convencido.
imagen : café antiguo
Ahora son la 1 y cuarto del mediodía, estoy tomando un tercio de cerveza Mahou, sentado en mi `rincón, en la barra del bar La Peseta, bonito nombre de recuerdo de nuestra última propia moneda, donde acostumbro a ir. Lo regenta un aragonés, cabeza rapada, que no skin head, el asimismo se llama el calvo, en barra una peruana Rosa, simpática y agradable, atiende la barra, sirve en las mesas el menú del día y colabora a compras y encargos, un poco de todo, como en todos los trabajos, en la cocina, ahora, Paloma, prepara los menús para los comensales que por allí aparecemos. A veces colabora Nadia, persona agradable, pareja del jefe, por las tardes la terraza veraniega la atiende Gonzalo, también muy atento, algo familiar. La clientela como en todos los sitios peculiar y variopinta, cada uno con sus rarezas, algo común, ya digo. En ese rincón, y luego en mesa por la tarde narro mis devaneos sobre diversos temas que vienen al hilo y una serie especial autobiográfica, pero más que para contar mi vida, es para hablar de como se desarrolló el entorno de mi vida, los tiempos en los que me tocó vivir y describir medios y escenas al uso de aquella época. Como soy mayorcito tengo campo abonado para describir multitud de curiosidades que, los mas mayores conocerán, los mas jóvenes si llegan a leer algo de ello se documentarán de las privanzas ocasionales por las circunstancias de los tiempos.
¿Es factible el control de la pasión?. Yo, creo que no. Esa es mi opinión. Sobre la pasión se manifiesta el Diccionario de la Academia como Inclinación o preferencia muy vivas de alguien a otra persona. / Apetito o afición vehemente a algo. entre otras acepciones. Es tema, como muchos que se podría tratar en un foro, yo no confío demasiado en los foros. No he participado ni creo que participe. Desconfío, por lo leído sobre ello, de los advenedizos que interfieren con el objetivo de reventar los temas propuestos a debate. La discusión, no sé porque, parece que implica pelea, lid y contienda. Pues no la discusión bien entendida es un intercambio de opiniones con la idea de sacar conclusiones, más o menos, eclécticas. Por ello invito a algún atrevido (¡qué iluso, pretendo pensar que alguien me lee!) me dé su opinión sobre si es o no controlable la pasión.
Viernes la tarde del 2 del 9, estoy en mi rincón, la mesa donde escribo en servilletas, tengo lagunas, como muchos días mi mente no se propicia, está en blanco, navega sin destino. En ello, estoy escuchando la música del fondo del local, están sintonizando BesoFM, bueno KissFM, acaba de cantar Elton John su Sacrificio (Sacrifice) y toma el relevo Cher, con su Dove lamore, ¿Dónde está el amor?, se pregunta, es una canción donde mezcla el italiano con inglés, su potente voz hace resaltar con contundencia la pregunta que se hace. ¿Contestamos a la pregunta? ¡Qué difícil!, el amor aparece y desaparece como nuestro río Guadiana. Cantaba Raphael, bueno y canta y en una de sus letras dice Todo termina algún día en el amor, nada es eterno jamás.... Realmente, nada es eterno, pero el amor es algo incontrolado, no hay veleta que sepa de que dirección viene o va. Es tema muy delicado, ríos, torrenteras de tinta han arramblado las riberas del amor. Imposible, diría yo, a través de una escueta servilleta, extractar, sintetizar una palabra y obra de tan amplio espectro. Es la sublimación de los sentimientos. Volvemos a la pregunta que se hace la recompuesta, tantas veces y aún vistosa Cher, Dove lamore. El amor es omnipresente y a la vez velado. Where is the love?, dirían ingleses. ¿Où est lamour?, dirían franceses, lo mismo se preguntarían en swahili, pero hasta ahí, no llego para hacer la consulta. El amor nos invade y a la vez es invisible. Se percibe pero parece inalcanzable y confuso, porque, a menudo, parece que te inunda, pero casi siempre es como un invitado que degusta lo ofrecido, da las gracias y se va.
Uno de septiembre, ya escribí sobre el nuevo año, no voy a insistir o volver sobre ello pero quería hacer la reseña. Septiembre, por su etimología latina debería ser el séptimo mes del año, pero Julio César y Octavio Augusto, emperadores romanos, quisieron figurar en el calendario y se intercalaron con sus nombres entre junio y septiembre, así que éste y los tres restantes quedaron desconfigurados ordinalmente.
Soy un caza artículos y además me aprovecho de ellos. Les saco partido, sustancia. Tengo un amor platónico, bueno pienso que mas de uno, toda la vida fui así. El amor del que hablo tiene nombre, se llama Mónica y no es, precisamente, mi hija mayor, para ella dedico el, lógico, amor paternal. Esta otra Mónica, es una periodista-bióloga, creo que riojana y, posiblemente, residente en Galicia, pero en el campo, habla a menudo de ello. Escribe en ABC, actualmente un artículo pequeño, es un néctar biólogo-literario. Su marido, creo, es piloto de líneas aéreas y tiene un niño, de 10 a 12 años, no es mi fuerte su biografía, ni tampoco veo posible documentarme más, pero carece de importancia, porque no es de su vida de lo que pretendo hablar. La he visto en foto y resulta guapa. Pero, insisto, no son su biografía ni su físico los que me interesan especialmente. Mi platonismo discurre sobre sus escritos. Leo a diario sus miniartículos, ¡ojalá!, vuelva a columna completa. Leí ayer una frase de ella que dice, simplemente, El sueño es el lugar donde vivo mientras duermo.... (pausa), así de sencillo.
Término sobre el que en contadas ocasiones me explayo. No es cuestión de pesimismo, sino de auténtico realismo. Acabo de leer un artículo de un famoso y filosófico brasileño, Paulo Coelho, quizá menos conocido para el normal nivel cultural, puesto que un brasileño sin inho, en su apellido, representa que no debe ser estrella futbolística. Además ya por su edad no serviría para practicar tal digno deporte, como mucho para entrenar. Pero ya no podría hacer florituras de regateo en el campo. Pero él segrega sabiduría, como un pino resina, en libros y artículos periodísticos, algo menos interesante para el populismo.
En época veraniega, ante todo, al parecer, un invento español, pero que ha llegado a hacerse extensivo a visitantes foráneos, es la siesta. Algo tan simple como un reposo, una dormida después del almuerzo o sobremesa, un sueño o ensueño, casi esto último, a veces, llega a ser gratificante.
Toda profusión en la comunicación implica y ha implicado pro y contras. Bueno esto suele ocurrir con cualquier circunstancia de la vida.
Comercio, mercantilismo total, se acabó el deporte, hace tiempo, pero cada vez mas descarado. Los grandes clubes mas, pero los pequeños, los modestos no desdeñan, recoger migajas, hacerse notar.
Luis de Góngora, escritor de la escuela culterana, su obra a caballo entre los siglos XVI y XVII, coetáneo de Francisco de Quevedo, y entrambos rencillas, uno y otro puntillosos, buscándose las cosquillas con la habilidad de sus mentes preclaras y preparadas para esa lucha. Quevedo pertenecía a la escuela conceptista.
A colación de algo que hoy he oído comentar, personas ajenas a mí, se referían, como tantas, a acudir a ver el ambiente que se propiciaba en una localidad, con motivo de celebrar una semana o unos días de festejos. En origen, las fiestas locales veraniegas se producían por efectos relacionados con la finalización de las labores agrícolas. Por extensión, podían ser patronales y, curiosamente, los agnósticos, participaban como el que mas en esas fiestas religiosas. Acataban por momentos la celebración de santorales. El caso era festejar. Tengo humor, pero no soy ni he sido festero. Mis fiestas me las he montado yo, a mi libre albedrío, sin necesitar de unirme al jolgorio popular, éste siempre lo rechacé. Las mas de las veces degeneran en patoserías de los mas graciosos. Nunca necesité de introducirme en actos multitudinarios para divertirme. Éstos siempre me agobiaron. Todavía, comparto, menos cuando el ambiente se refiere a tratar de ver esos personajes amarillentos o rosáceos, viscerales, elevados a la fama, por admiradores que, posiblemente, envidien o añoren el poder emular en estar ahí. ¿Acudimos a ver con esa pasión a un intelectual, a un genio, literario, científico, para que nos contagie algo de su sabiduría? No, como norma, nos deslumbran mas las tetas y morros inflados, gelatinizados o a los que presumen de paquete o longitud y tamaño de atributos sin saber si unas y otros cumplirían el mínimo requisito de unas relaciones reales, auténticas. Desdeñarían todo lo que no se tradujera en euros ingresados por fotos o entrevistas programadas. Pero claro, mientras sigan siendo ídolos de tanto incauto, se aprovecharán de ello. La caja tonta nos absorbe el seso y el sexo virtual claro, pero daríamos algo por acostarnos con ese o con aquella, ¡sería maravilloso!, ¡qué hazaña!. Seríamos capaces de contarlo que es donde sacaríamos mas satisfacción, porque si nadie se entera ¿de qué serviría?. Somos los incautos soportes de esas necedades.
No sé sin algún momento he llegado a mencionar, no me importa, en cualquier caso, reiterar, que mis artículos los garabateo en la servilleta de un bar, esas vulgares y simples, algo rugosas y endebles de textura y que llevan impreso un Gracias pos su visita. He tomado tal costumbre en ello que, como me encanta manuscribir, desarrollo mis ocurrencias, trasladando las que salen de mi cerebro a mi compañero bolígrafo, con mas o menos fluidez, dependiendo del momento de inspiración. Luego lo escrito en este soporte lo traslado a un archivo de Words, al que llamo Rincones, nombre debido a que me encanta escribir en el rincón de la barra de un bar, donde por lo menos por un lado, nadie te puede agobiar. Al lado un vaso abombado y achatado contiene unos dedos de whisky Dyc (segoviano de crianza), unas piedras de hielo y hasta arriba con un complemento, bien de agua o de soda, hace de tinta para mis ideas, aunque no es que me sea necesaria esa colaboración, es una costumbre.
Siempre ha existido y existirá el melindre, el remilgado ante cualquier uso o consumo de diversos objetos y, muy especialmente, cuando el tema alimenticio ha estado por medio. Aún, pretendiendo no serlo o planteárselo, ¿quién no ha reparado en alguna ocasión? y, posiblemente, con toda la razón ante la entrada en unos servicios sanitarios públicos, bien de la calle o de establecimientos. Cientos de veces he visto en restaurantes personas que, previamente, utilizaban su servilleta para frotar los cubiertos y el borde de los vasos, como curiosidad comentaré que mi cuñado, lo hacía hasta en su casa, sabiendo la garantía que representaba su madre, exagerada, en limpiezas de todo tipo, escrupulosa y detallista pues él no iniciaba una comida sin dar un buen lustre a todo utillaje. Pero ya en lo tocante a la comida fuera de casa es mejor lanzarse al vacío sin paracaídas, sino no comerías nunca. No dudo de la profesionalidad de una gran parte de los manipuladores del medio, incluso hoy en día las autoridades exigen un carné de manipulación, pero estos formalismos desaparecen una vez que el ejecutor está en su medio. La teoría es una cosa, la práctica es otra. Una cosa es saberlo y otra llevarlo, correctamente, a cabo y no digamos si das con un irresponsable que olvida las conductas mínimas exigidas. No llegué a ver, pero en estas últimas vacaciones, un advenedizo camarero de comedor, no de la plantilla habitual y ya entrado en añitos, aparte de otros graves problemas, le vieron algunos clientes, limpiarse su rostro sudado y su nariz con servilletas de tela que aunque ya había sido usadas por el comensal, según me contaron, no dejaba de ser una desfachatez y detrimento para la sala donde prestaba sus servicios, afortunadamente le prohibieron de inmediato la incorporación a su puesto.