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Los hijos (IV)

Los hijos (IV) ... ya tenemos al niño andando, vacila pero camina, después de un gateo previo, observa, aprende, balbucea algo, sin sentido aparente, pero es su expresión, sus ganas de intervenir. Le asoman huesecitos blancos en sus desnudas encías, va cambiando hábitos alimentarios. La tarea de la madre aumenta por un lado, disminuye por otro. Como la definición de las propiedades físicas de la materia, “la materia ni se crea ni se destruye, únicamente, se transforma”.
Bien pronto estableceremos la medición del tiempo de su vida en añitos, pasará el momento de la cuenta en meses. Seguiremos comprando ropa; él crece y crece. De buenas a primeras nos tenemos que plantear el asunto de la guardería (sigo hablando en tiempo presente, claro, mi guardadora fue siempre mi madre), pero no solo porque la mujer trabaje, sino porque al niño hay que acostumbrarlo a la relación, buscar su realización, como tanto se dice (yo me realicé en solitario, mi hermana 10 años mayor que yo no era compañera de juegos ya, a lo sumo hacías prácticas de aprendiza de futura madre conmigo). Pasa el tiempo y le enganchan obligatoriamente en alguno de los corruptores y maniqueos sistemas de enseñanza, maleables a los vientos que promueven los políticos para su beneficio, hay que ir modelando al votante en ciernes, hay que sembrar.
Vive las ilusiones primarias del niño, los juegos infantiles, cada vez menos al uso, los Reyes, etc. Acaba de iniciarse en esos disfrutes e ignora que son efímeros. Los propios padres que tanto les ilusiona su inocencia, contribuyen a despertarle indeseado instintos. Por supuesto, se justifican, dicen que no pretenden eso...
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