La vida familiar y sus circunstancias.

La niña que tienen, nació con un ventrículo atrofiado, detectada esta anomalía en el octavo mes de embarazo. Por ello, al cumplir el año, le fue practicada una operación a corazón abierto, para mediante una obra de fontanería hacer posible que esa víscera vital funcionara con las dos aurículas y solo un ventrículo. En aquel momento a la niña (nunca le llamo nieta, no me gusta, hoy por hoy, el término abuelo, ni además lo ejerzo) le vaticinaron dos o tres operaciones mas para ir adaptando el organismo a esa irregularidad. Como la cirugía cardiológica ha experimentado una amplia evolución, han conseguido que hacia los 7 años que la niña ha resistido mas o menos, hacerle una segunda y al parecer última operación que, dentro de lo que cabe, no le deja una mala calidad de vida. Al ser niña con menos defensas naturales, ha ido cayendo en diversas enfermedades, unas propias de la infancia y otras por mayor propensión ante la falta de protección biológica necesaria. Bien parece ser que por estas adversidades de la niña se han ido sosteniendo los cimientos de esa endeble causa matrimonial y llegado el momento de una mayor estabilidad de la niña ha llegado el momento de tomar las decisiones que in mente estaban, sobre todo, por parte de mi hija y a determinado cambiar el signo y ritmo de su vida.
Los clásicos por mucho que nos reciclemos, estas cosas las vemos algo opacas, pero no seré yo quien objete nada al respecto. Mi paternidad, no representa ya influencia en la mayoría de edad de mis hijas y ellas son dueñas de sus decisiones. Solo deseo como padre que estén certeras en sus elecciones y su máximo bienestar.
Siempre pienso que los niños, en los matrimonios rotos son los más perjudicados y, a veces, desorientados para elegir la mejor carta, aunque el ritmo de la vida actual da la sensación de haber creado genes especiales para traumatizar menos por estas causas.
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