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Mi bitácora. La nave en el mar de mi vida. (XXXV)

Mi bitácora. La nave en el mar de mi vida. (XXXV) ...Volviendo al hilo de mi niñez en Barcelona, pues ya pocos cabos sueltos hay, claro, que yo recuerde, he exprimido mi cacumen para relatar al máximo y si salieran serán como retrospectivas. (no me gusta utilizar el término sajón ‘flash back’ tan usado en temas cinematográficos).
Al cerrarse el cuerpo de la Fiscalía de Tasas, donde mi padre prestó sus servicios combatiendo el estraperlo posguerra, es posible que tuviera alguna oferta de quedarse a trabajar allí pero, entonces, la familia tiraba, vivían los padres de mis padres y además le dieron una indemnización que les debió de parecer suficiente para iniciar un nuevo arranque de vida en Madrid, quizá ciudad mas adaptada a su modo de vida, aunque la permanencia en Barcelona nunca fue denostada por ellos. Así que mediada la década de los 50, nos trasladamos a Madrid. Mi padre, sin empleo y difícil de conseguir, imagino que pasó malos momentos, un hombre cultivado pero autodidacta, encontró una representación de lejías y jabones de una empresa de cierta fama en aquel momento, llamada ‘Lejías Catarineu’. Por lo visto, después de patear la calle todo el día conseguía unas exiguas comisiones. Hasta con el tiempo supe que se sacó un carné para hacer de extra de cine como caballista ya que con su experiencia en la Guardia Civil, tenía alguna experiencia.
Le salió un buen empleo de tipo oficial como inspector y controlador del proceso de la fabricación de galletas existentes en España. Este al parecer se le presentó a través de un inquilino de la casa donde estuvo de portero mi abuelo Cipriano y que ya hice alusión a él . El decano de la Facultad de Derecho de Madrid, D. Manuel Torres López, por cierto haciendo una retrospectiva de esa casa, en la calle Serrano 21, otro de los inquilinos, me ha venido ahora a la mente, fue Adolfo Torrado, gallego, escritor y guionista de cine, su hermano Ramón Torrado, fue director de películas. Pues bien con ese trabajo de inspección tuvo que viajar para recorrer las principales fábricas de esos productos. Este trabajo que también fue provisional, duró alrededor de un año y le proporcionó un sueldo razonable, amén de dietas, le brindó la oportunidad de un buen trabajo. La importante firma vasca en la época y que creo hoy sigue existiendo “Galletas Ártica”, le nombró delegado de su sucursal en Madrid pero, la vida es dura, triste, cuando, posiblemente, encuentra el trabajo de su vida, su fijación definitiva, un maldito e inoportuno derrame pancreático, dio al traste con todo, se lo llevó por delante en cuatro días, él un hombre ordenado, no bebedor, poco fumador o casi nulo, con salud, aparente, de hierro, a los 49 años dejó este maldito sistema, donde tanto hijo de puta vive a perpetuidad. De ahí mi alejamiento de la creencia en un ser superior justo y equitativo, lo siento, pero así lo vi y lo veo...
(imagen: un producto de galletas Artiach)
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