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Mi bitácora. La nave en el mar de mi vida. (XVIII)

Mi bitácora. La nave en el mar de mi vida. (XVIII) ... Una canción de la época entonada por un cantante famoso en aquellos momentos, Jorge Sepúlveda decía en parte de su letra “Barcelona, Barcelona, qué bonita es Barcelona, rodeada de montañas, centinelas de la mar...” Bien pues la centinela del mar era la de Montjuic era la vigía del mar y en la retaguardia estaba el Tibidabo. Ambas con características comunes en algún sentido, como tener, por ejemplo, Parque de Atracciones y diversas instalaciones de ocio. Si vamos primero a la del interior, la del Tibidabo, se ascendía a ella desde abajo, por un rudimentario tranvía, coches todavía no eran muy frecuentes, Éste tranvía conducía hacia la zona donde ya se podía tomar un funicular, especie de tren que sube pendientes más escarpadas y arrastrado mediante un cable y por conducción eléctrica. Y te situaba en la zona ya ‘festiva’. Diversas atracciones, como un Castillo Encantado, con una introducción o galería de espejos cóncavos y convexos que distorsionaban las figuras, provocando el jolgorio de los espectadores. Ya en el interior del Castillo, intencionados sobresaltos, tablones movibles en pasillos oscuros, apariciones inesperadas, provocaban el nerviosismo hilarante de los ‘osados’ inquilinos. Nada peligroso, todo era crear y mover un poco la adrenalina inocentemente. En una amplia explanada en la cima. Desde sus balcones se dominaba el precioso espectáculo de la ciudad, al fondo el mar, el puerto, su competencia, la montaña de Montjuic. En esta comentada planicie una gran atalaya metálica que en cada extremo tenía unos cubículos o tipo de cestos para que varias personas pudieran montar y hacer una subida y bajada alternativa, claro de cada uno de ellos. En la posición de altura, dominante en perspectiva, era situación privilegiada para observar mejor el panorama. Nunca llegué a subir, siempre sentí algo de vértigo a las alturas.
Bordeando esta explanada un trenecillo colgante recorría todo el perímetro exterior dando emoción a los atrevidos viajantes, insisto mi vértigo nunca me permitió hacer ese tipo de viajes en las alturas. Otras múltiples atracciones, una iglesia y otras variedades componían el divertimento de la montaña...
(Imagen - Funicular de ascensión al Tibidabo)
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