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Mi bitácora. La nave en el mar de mi vida. (XI)

Mi bitácora. La nave en el mar de mi vida. (XI) Barcelona, en aquellos, momentos, la ciudad mas ‘europea’ de España, en esto siempre tuvo privilegios, ofrecía un amplio aspecto cultural. A las elegantes y aristocráticas sesiones del Liceo, en donde la alta y distinguida sociedad acudía a las representaciones, muchos a exhibir, no tanto por su melomanía, el modesto pueblo, como he comentado, acudía embelesado, era como la revista del corazón de la época, in situ, para presenciar en vivo y en directo lo pomposo del atuendo, sobre todo de las damas, siempre mas llamativas con sus modelos exclusivos de alta costura, en una palabra a observar la elegancia y ensueño que cada uno le hubiera gustado representar, como en los cuentos de hadas. Pero esta humilde gente, que remedio, se conformaba con presenciar la ostentación, ni siquiera se oían críticas altisonantes, mas bien ‘ohesss’ de admiración, esto formaba parte de la distinción de la época, algo que siempre ha habido y habrá, pero en aquella situación de estrechez resaltaba todavía mas.
Delante de este palacio de la música, recientemente reconstruido, tras ser pasto de las llamas hace pocos años, estaban las Atarazanas, nombre que se daba a los grandes talleres de construcción y reparación de naves. Claro estaba ya próximo el puerto. Ya se respiraba el salitre ambiental desprendido por el Mare Nostrum, el cantado de manera excepcional por el genial cantautor Joan Manel Serrat. Bueno antes de adentrarme en el puerto, quiero hacer referencia a la parte izquierda de las Ramblas. Después de Puertaferrisa iba a desembocar Cardenal Casañas, donde había una típica fuente con caños para saciar la sed de esa agua ‘gorda’, pero apetecible al verla correr y además ‘económica’, claro. Confluía con esta la calle de la Boquería, en donde estaba ubicado el colegio al que años después fui. Algo mas abajo otro icono de la ciudad, la plaza Real, porticada, con palmeras, exposiciones y compra venta de sellos los domingos, mi padre, filatélico aficionado acudía a comprar alguna ‘chollito’, en los pórticos, diversas cervecerías con mesas exteriores, ponían vasos en tapetes redondos de corcho, se adquirían unas bolsas pequeñas, multicolores, llamativas con unas cuantas patatas fritas, era nuestro lujo dominical, con ello representaba que todavía teníamos algún privilegio. Yo tuve la fortuna de verme ‘premiado y sorprendido’ con alguna de esas bolsitas y de vez en cuando un vasito de horchata fresca...
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